Decir “no” a infinidad de situaciones de la vida es una postura que se nos ha inculcado como de mal fondo. De pequeños, en nuestra familia, nos pedían realizar actividades extra y hasta extenuantes, las cuales no eran gratas, nos molestaban, cambiaban nuestro día. Pero era impensable decir “no”, era una orden disfrazada de solicitud. Esa postura se permea en nuestra mente en la universidad, en el trabajo y en la vida de pareja llegando a ser un elemento de la magnífica personalidad de ciertos individuos con frases como “es tan noble que me ayudó”, “estaba tan cansado, pero nunca deja de cooperar”. Esta forma de agradar y agradarse es generadora de injusticias. No significa que no ayudemos, pero la asistencia o caridad no debe ser autodestructiva y al pedirla, no debemos arruinar la estabilidad de los demás. De lo contrario, es sano decir sin rodeos “no”, explicando totalmente la decisión, haciendo ver que lo solicitado atenta contra nosotros y es un abuso. No debemos sentirnos moralmente malas personas, pues no fuimos el origen de la penuria de nuestro solicitante y si no tiene la madurez emocional para soportar un “no”, primero necesitaría revisar la magnitud de su petición. El cosmos de un accidente interestelar no siempre formará más nebulosas. Existe un orden cuántico que es único conforme a la estabilidad sideral.

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