A lo largo de la vida, hemos conocido a personas que se quejan, lamentan, suplican, lloran por ayuda ante sus penurias; alegan una falta de capacidad, fabricando una auténtica crisis. Hemos sido solidarios ayudándolos, ocasionando que sus culpas y problemas nos empantanen; pero la carga seguirá si no cortamos esa cadena de condescendencia.

Una ayuda real es negarles más apoyos, ser realistas, ya que un buen samaritano se puede convertir en una víctima. Esos repartidores de culpas toman malas o pésimas decisiones y se dañan con conocimiento o sin él; buscan la ayuda de quien sea y no madurarán emocionalmente hasta que enfrenten cara a cara sus vicisitudes.

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