Tristemente, el ser humano puede cometer atrocidades con una impresionante crueldad y es increíble verlo frente a tus ojos.  Hace doce años, mientras conducía por una avenida, noté a lo lejos que una mujer bajó de su camioneta una canasta grande para abandonarla en la lateral.  La curiosidad me invadió y me estacioné para ver su contenido.  Encontré los cuerpecitos de ocho cachorritos que habían sido brutalmente golpeados en la cabeza, era muy tarde para intentar salvarlos, pero estaba una cachorrita medio atontada bañada en sangre que rápidamente me llevé para que fuera atendida por una veterinaria.

Milagrosamente, no había sido lastimada de gravedad y decidí llamarla Arlette.  Ella se convirtió en una entrañable camarada para mí.  Vivimos momentos alegres, felices, amargos, estresantes, pero siempre juntos.  Nuestra historia fue abruptamente interrumpida por la voracidad, ineptitud y negligencia de un hospital veterinario que cuando la llevé de emergencia; no tuvo la piedad de atenderla adecuadamente y realizarle a tiempo los exámenes clínicos pertinentes para determinar su tratamiento.

Arlette se quedó hospitalizada a la 1:00 a.m., le realizaron los análisis hasta las 8:30 a.m. y los resultados estuvieron hasta las 2:00 p.m.  Ella falleció a las 10:00 a.m. del 1 de abril de 2015, sin haber recibido ningún medicamento porque necesitaban precisar su enfermedad.  La jugosa cuota de hospitalización y exámenes me la cobraron por adelantado.  Yo quise darle la mejor atención médica en un reconocido establecimiento y con “especialistas”.  Mi único arrepentimiento es no haber pasado a su lado sus últimas horas de vida, porque sé que ella me debió necesitar tanto.  Estoy convencido de que Arlette ha sido, es y será mi compañera más que insuperable.

 

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